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¿Cómo nos alimentaremos en un futuro próximo?

Hace unos días en la Fundación Telefónica se celebró el nuevo ciclo de coloquios “El futuro por venir” en el que diferentes expertos en nutrición, biología y gastronomía trataron de dar respuesta a ciertos interrogantes sobre la forma en la que nos alimentaremos de aquí a 50 años.

¿Podemos tener en un futuro una alimentación personalizada y adaptada a cada uno?; ¿cómo influye la nutrición de ambos padres en la incidencia de enfermedades de su hijo?; ¿una dieta vegana puede ser saludable?; ¿podremos conocer en un futuro próximo nuestra “talla genómica” como quien conoce su talla de pantalón, para evitar ciertas enfermedades como el cáncer?

 

La influencia del nivel educativo y cultural de una persona en su nutrición

Según el experto en nutrición José María Ordovás, la cultura o la educación de una persona influye, sin ninguna duda, sobre el genoma humano y, éste, a su vez, en los hábitos alimenticios. El investigador explicaba que una persona predispuesta genéticamente a sufrir obesidad (portadora, por ejemplo, del gen FTO) puede tener un peso normal a lo largo de su vida, siguiendo una dieta baja en grasas saturadas.

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Para Ordovás, seguir las indicaciones de la pirámide nutricional, con una dieta mediterránea y variada, es mucho más recomendable que las dietas “milagro”.

Otro claro ejemplo que expuso Ordovás,  es que por lo general, todos los mamíferos dejan de tomar leche a los meses o a los pocos años de vida, debido a que desaparece la enzima encargada de digerir la lactosa. Sin embargo,  en zonas de marcada cultura ganadera, la constante interacción entre humanos y ganado, produjo una mutación genética que les permitió seguir consumiendo leche durante toda su vida.

Siguiendo la misma línea, el chef con dos estrellas Michelin y ferviente precursor del I+D en la gastronomía, Andoni Luis Aduriz, resaltaba la idea de cómo en colectivos con un bajo nivel educativo prevalece la idea de “exorcizar el hambre” ante una situación histórica anterior de falta de alimento, identificando el hábito de “hincharse a comer” con los modelos de éxito social.

No solo somos lo que comemos, sino también cómo lo comemos

Aduriz resaltó la importancia de la educación desde una pronta edad para enseñar a los niños a comer de una forma saludable. No obstante, reconocía la dificultad que ello conlleva, ya que en casa el niño siempre se verá envuelto en los hábitos alimenticios de sus padres, los cuales están a su vez asociados a tradiciones familiares o sociales.

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Un ejemplo que comentaba el chef, es que tendemos a valorar como saludable la comida que nos recuerda a los platos elaborados por nuestra madre o nuestras abuelas, por recordarnos a la niñez o a un contexto agradable de nuestro pasado. Y por el contrario, condenamos los productos procesados cuando, en realidad,  éstos pueden tener menos grasas o productos perjudiciales que la comida “tradicional”. Y es que según el experto, aquí habría que entrar a valorar los diferentes tipos de productos procesados y la clase de aditivos que llevan (naturales o artificiales). Pues simplemente el hecho de congelar un alimento, ya lo convierte en un producto procesado.

Las emociones guían nuestros hábitos de consumo

Las personas, los consumidores, nos dejamos llevar por aquel olor, sabor, sensación… que nos lleva a revivir situaciones pasadas. Al igual que una persona tiene predilección por una u otra comida en función de los valores que mentalmente asocia a la misma, un cliente que encuentra productos similares en diferentes tiendas, se decidirá por aquella en la que apelen a sus emociones interiores, incluso aunque el precio sea un poco más elevado.

Si tienes un negocio de cara al público, no olvides que, ante todo, eres un vendedor de emociones, y la clave está en generar experiencias agradables a tus clientes.

¿Verán nuestros ojos el resultado de un análisis completo y personalizado de nuestro genoma para prevenir enfermedades?

Alfonso Valencia biólogo y actual director del Instituto Nacional de Bioinformática, nos habló de los avances producidos respecto a los análisis genómicos. El investigador reconoció la dificultad que encierra el cálculo y la correcta interpretación de la gran cantidad de datos que se encuentran en nuestros genes, así como el alto coste que ello conlleva. Sin embargo, se mostró abiertamente optimista al señalar que es muy posible que no haya que esperar a futuras generaciones para poder prever posibles enfermedades gracias a estos análisis personalizados, tal y como hoy en día predecimos el tiempo atmosférico.

Para concluir, tal y como resaltaba Ordovás, es cierto que hoy en día tenemos una mayor esperanza de vida que hace unos años, pero la realidad es que a partir de los 40 tenemos una peor calidad de vida, debido a la mayor incidencia de enfermedades crónicas. Solo los avances de un futuro próximo nos ayudarán a conseguir que esta vida más longeva sea también una vida saludable.

Para no alargarnos más, os invitamos a ver el vídeo completo del coloquio, con otras muchas cuestiones interesantes sobre nuestra alimentación del futuro. ¡No os perdáis la ronda de preguntas del final!

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